martes, 17 de febrero de 2009

Una máquina de Dios fuerta de tiempo (VI)

Al entrar a la preparatoria Alma tuvo un cambio radical, completamente se olvido de su apariencia e inmediatamente empezó a hacer migas con personas muy similares a su nueva yo, personas sin mayor complicación – o al menos eso aparentaban – y una de ellas era Maria, su nueva mejor amiga, en poco tiempo se mimetizaron a tal punto en que una podía finalizar la frase que la otra había empezado. Ambas exudaban una inocencia que rozaba en lo pueril; pero al igual eran las más populares dentro de su grupo de perdedores amigos.
Maria provenía de una familia que habían llegado a la ciudad desde San Luis Potosí ya algún tiempo atrás, siendo la más chica de la familia aprendió rápidamente las artes del cuidado del hogar, ya que su madre llegaba fatigada del trabajo que tenia dentro del mismo bachillerato en el área de intendencia y según su visión era responsabilidad de Maria cuidar de la casa ya que sus hermanos mayores estando en la universidad no podían descuidar sus estudios, que a juicio de su madre eran mas importantes que los de Maria, a pesar de todo su madre era el punto de referencia, su ídolo. Maria y Alma iniciaron una solida amistad gracias a su soledad, hablaban diario por teléfono para mirar las series japonesas que pasaban en ese entonces por televisión abierta, comentaban sobre los capítulos, sus sueños y de que personajes eran los más atractivos. Para después debatirlo frente a frente, pues ambas escapaban de sus míseras realidades, pero sobre todo trataban de escapar de su misero destino.
Mientras tanto Humberto siendo un espectro en la escuela –así lo había decidido – no hablaba con nadie puesto que no le interesaba, su mundo estaba un poco avanzado en cuanto a experiencia con el resto de los demás. Acababa de entrar al mundo de la sexualidad a sus mozos quince años, gracias a Alberto, su primo tres años más grande que el. Alberto en realidad no era su primo; pero sus madres se conocieron desde pequeñas, lo que según ellas les daba derecho a darse el estúpido titulo de hermanas.
Alberto fue una de las mayores influencias de Humberto en su pubertad, le enseño a beber a los 11, fumar a los 12, a fajonearse con mujeres, así como a muchas otras cosas más. Alberto era un caos, repetía los cursos, se escaba de clases, desafiaba las reglas, se juntaba con las niñas más deseadas del colegio para llevarlas a su casa mientras su madre trabajaba – o aparentaba que trabajaba, ya que estaba hundida en el alcohol – fue ahí, en casa de Alberto donde Humberto conoció los deleites de la carne, no podía creer que a sus 13 años tuviera niñas – mujeres para el - de dieciséis años en su regazo mostrándoles sus hermosos y firmes pechos. El trataba de imitar lo que veía en las películas pornográficas que su primo traia de contrabando a la casa, se le hacía fabuloso experimentar lo que veía en la pantalla. Humberto llego a los quince años y con ellos a su cita con su primera experiencia sexual.
- ¡Humberto!
- ¡Huberto baja güey!
- ¿Qué te pasa pendejo? estaba jetón -contesto mal humorado -
- Mira ella es Liliana

Liliana era una mujer de dieciocho años recién cumplidos, una cara angelical, una piel apiñonada y unos abultados senos.
- Qué onda – le dijo levantando las dos cejas – Volteo a ver a Alberto y replico: - ¿Que güey para esto me despertaste?,¡no mames!
- ¿Este es el niño del que tanto me platicabas? – respondio ella en tono de burla –
- Este güey es mas cabron que yo – Contesto Alberto –
- ¡Cállate pendeja, que no soy ningún niño! Cuando quieras te lo demuestro – respondió Humberto agarrándose los genitales –
- Bájale güey, que traje un pomo
- ¡Ah! bueno haberlo dicho antes
- Y que no va a venir tu amiga – le pregunto Alberto a Liliana -
- Si, no se tarda fue a cambiarse
- Pues mientras empecemos
Alberto saco la botella de Tequila y empezó a servir los caballitos, después de la segunda ronda llego Maricarmen, una amiga de Liliana, una madre soltera adolescente anunciada. Humberto los supo desde el primer momento que la vio, pues había algo en sus actitudes que le hacían ver que descubrió su sexualidad a temprana edad y le encanto; pero lamentablemente para su fortuna ella era muy estúpida, tanto que no supo como manejar el sexo, el tiempo le daria la razon a Humberto una vez mas.
Al pasar rondas y rondas de bebidas a ritmo de Aerosmith, Liliana se enfoco en Humberto:
- Para ser un niño aguantas bastante
- ¡Cómo chingas! Ya te dije pendeja, que no soy un niño
- ¿Por qué no se lo demuestras? – Interrumpió Maricarmen
- ¡Órale, pendejo en mi buro hay condones! – añadió Alberto en tono etilico –
- ¡Bien tengo ganas de desquintar niños!
- Te acabas de meter con la persona equivocada, ¡ven! – Humberto la agarro de la mano, la levanto del sillón y la llevo arriba a la recamara.

Humberto teniendo nula experiencia, se dejo llevar por lo aprendido en el televisor, empezó a besarla y a recorrer con su boca el cuerpo de ella, mientras la iba desnudando, cualquier intento de ella por tener algo de iniciativa era inmediatamente sofocado por el.
- Tu te callas y haces lo que te diga, ¿entiendes?
Ella por su parte asentía con los ojos en blanco. Humberto sabia que el sexo oral era algo importante, así que lo práctico por más de diez minutos, lo gemidos de ella no cesaban, Humberto coloco el preservativo en su hirviente pene, y lo dejo entrar con una brutalidad y malicia, que solo hacía que Liliana se humedeciera mas.
- Ven acá – le gritaba Humberto, mientras le jalaba la cadera hacia su pubis -
- Así, ¿así?
- Si así, así me gusta
- Me vengo, ¡no mames! – gemía mientras le enterraba sus uñas en los brazos tiernos de Humberto-
- Humberto la volteo para ver sus nalgas – ven encorva la espalda, ¡si así estas bien!–
- ¡Que rico coges!
- Si lo sé – Mentía Humberto, pero sabía que mientras ella se retorciera como lo estaba haciendo, eso indicaba que estaba haciendo bien su trabajo –
- ¡Mas, mas, ay asi, no pares por favor no pares!
- ¡Puta madre me voy a venir! – Grito Humberto –
- ¡Ay que rico, si chiquito vente todo sobre mi!
- ¡Cállate, acaso te dije que podías hablar! Humberto la volteo de nuevo y dejo caer su abundante jugo blanco encima de ella, su primera mujer.
Pero no la experiencia como hubiera querido, se puso inmediatamente los pantalones, salió al baño jalo una toalla, mientras ella procesaba que lo que había pasado.
- Eres un cabron, con cara de niño; pero cabron
- Te lo dije, ahora límpiate y lárgate – al mismo tiempo que le aventaba la toalla –
Humberto ese día perdió la poca inocencia que le quedaba, pero sobre todo le quedo ese pensamiento que lo llevo con el resto de su días, solo por probar un punto realizo algo que no quería, con la persona que no quería, y que eso jamás podía repetir.
- El orgullo es una pendejada – Dijo a sí mismo viendose al espejo-

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