Comandante, ¿Qué se necesita para ser un buen revolucionario?-¡Huevos!
Ernesto Guevara, entrevistado en Punta del Este, Uruguay durante una conferencia en la OEA en 1962.
Para millones de personas en el planeta, Ernesto Guevara fue “el mas puro, el mas noble, el mas valiente de todos los revolucionarios”. Su mito alcanza tales dimensiones que se le ama o se le odia. Alrededor de este hombre y de este personaje (porque jugo y sigue jugando a treinta y nueve años de su muerte, ambos papeles) se ha tejido un culto que impide juzgarlo con objetividad, sin apasionamientos, sin partidarios o filias, con algo mas que adjetivos grandilocuentes o condenatorios. Gracias en buena parte a la imagen que surgió a partir de aquella conocidísima fotografía de Alberto Korda y que a lo largo de casi cuatro décadas ha sido reproducida infinitas veces en toda clase de productos y/o ideológicos, el Che es hoy día mas que nada y por efecto de las propagandas de los lados del espectro político (la izquierda y la derecha), una figura mediática internacional que se utiliza para llevar agua a los mas diversos y muchas veces siniestros molinos.
Pero ¿Fue el Che Guevara ese beato que nos ha pintado el pensamiento (es un decir) progre desde hace muchos años?¿Realmente trataba de un individuo perfecto intachable, impoluto, bondadoso, estoico, recto, incorruptible, adorable y además guapo?¿Fue santo de la revolución?¿Fue, en una palabra el primer Hombre Nuevo (así con mayúsculas) de la historia post capitalista? Contemplado desde la óptica de la izquierda ortodoxa no parece haber dudas al respecto. Para sus representantes y militantes (desde los viejos comunistas hasta los actuales neozapatistas, desde C. Wright Mills hasta Noam Chomsky y desde José Saramago hasta Paco Ignacio Taibo II) el “argentino universal” es poco menos (o poco mas) que una deidad incuestionable.
Sin embargo, visto a la luz de los hechos históricos y despojado de las deslumbrantes luces de su mito, Ernesto Guevara, el sujeto de carne y hueso no es precisamente el ideal de aquello en lo que debería convertirse una humanidad nueva, libre y justa. No es el superhéroe de izquierda que nos muestran sus biógrafos incondicionales. Tampoco el épico hidalgo que buscaba liberar al mundo de la opresión de un imperio insaciable y sanguinario o el líder noble y amoroso capaz de condolerse del sufrimiento ajeno. El Che Guevara verdadero era un estalinista convencido, un virtual bolchevique de la línea dura, admirador sin rubores de la burocracia soviética que aplastaba a su pueblo con saña implacable y que mantenía el terror de la delación, la vigilancia extrema y los campos de exterminio a millones de personas, cuyo único delito era disentir con la ideología de la supuesta dictadura del proletariado, la cual no era otra cosa que la dictadura de una clase política parasitaria sobre las grandes masas alienadas y oprimidas.
El Che gustaba de proclamar que había que amar chillón odio revolucionario. Como ministro de de economía de cuba y miembro del Partido Comunista Cubano (PPC), ayudo a implantar un régimen de terror que envió a miles de isleños al exilio, el paredón o las siniestras cárceles castristas. No era una persona fácil de conmover y no se tentaba el corazón para condenar a muerte a cualquiera que consideraba contrarrevolucionario. Para el, el fin justificaba los medios y con tal de “salvar” a la revolución y luchar contra el imperialismo “yanqui”, pensaba que poco importaba exterminar a algunos cientos de miles de “gusanos”, como despectivamente llamaba y se sigue llamando en la Cuba de Fidel Castro a quienes se oponen a su gobierno. Por otro lado, su férreo sentido de la disciplina le granjeo odios y rencores de muchos de sus compañeros en el PPC, quienes aborrecían su enfermizo afán por el trabajo (hoy se llamaría workaholic).
Guevara desconfiaba de la democracia y de la vía electoral. A sus ojos eran “desviaciones burguesas” que solo tomaban quienes se sometían al imperialismo. Eran un convencido de que el único camino para los pueblos hispanoamericanos era el de la violencia. Decía que sin armas no se podía hacer cosa alguna. Asimismo, creía firmemente en la necesidad una vanguardia revolucionaria que guiara al pueblo por los senderos que a este mas le convenían, aunque ese mismo pueblo no pudiera opinar al respecto y tuviera que someterse a los designios de aquella vanguardia iluminada de la que por supuesto el formaba parte principalísima. También era un antirreligioso feroz y un homofóbico absoluto. “Hay dos cosas que no se saben del Che”, cuenta la escritora Zoe Valdes. “Una: detestaba a los homosexuales. Dos, y esto me lo contó un testigo: le gustaba disparar en la nuca a los inocentes”. Sobre la frialdad de Guevara ante las innumerables ejecuciones de “desertores” y enemigos en los cuales estuvo implicado, he aquí un ejemplo: Nicolás Quintana, colaborador suyo tras el triunfo de la revolución, protesto por el fusilamiento de de un miembro de la comunidad católica, cuya sola falta había sido repartir panfletos contra el comunismo. El Che le contesto que las revoluciones eran feas y que parte de ese proceso eran “la injusticia al servicio de la futura justicia”. De hecho fue precisamente Guevara quien implanto el paredón como vía para la eliminación de aquellos que se oponían a la sacra revolución. No deja de ser entonces paradójico que tantas organizaciones civiles (las mal llamadas ONG) que defienden los derechos humanos en general y los derechos de los homosexuales, sigan teniendo al Che como uno de sus adalides ideológicos.
Muchas veces me he preguntado cuanto se le debe a su guapura y apostura de idolatría por el Che. ¿Seria lo mismo si hubiese tenido el físico de un Genaro Vázquez Rojas o un Lucio Cabañas, guerrilleros mexicanos de los años setenta, quienes muy lejos estaban de encarnar el ideal de galán cinematográfico? No en balde en un reciente filme el Che fue personificado por Gael García Bernal y no por, digamos Jesús Ochoa o Luís Felipe Tovar. Parece un comentario frívolo pero no lo es. La frivolidad esta mas bien en los millones de admiradores guevarianos, quienes jamás se han tomado la molestia de profundizar en la historia personal de su héroe y cuando lo han hecho han sido por medio de textos parciales y convenientemente ideologizados. No hace mucho el subcomandante Marcos (nuestro principal aspirante a suceder al Che Guevara, aunque sea en versión Light) señalo que “son herederos del Che no solo los movimientos armados o guerrilleros que hay en América Latina. También todos los movimientos sociales, todas las organizaciones políticas de izquierda, de esta gran otra mayoría de la sociedad latinoamericana que es la sociedad civil: jóvenes, mujeres, niños, homosexuales y lesbianas, todos los sectores marginales son herederos del Che”
Y si como dijera alguien por ahí, a final de cuentas el Che Guevara fue un ángel. . ., pero un ángel exterminador.
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