lunes, 2 de marzo de 2009

La manzana de Eva (III)

Mientras la desesperación, incredulidad y tristeza ahogaban rápidamente la casa de los Serrano, el pequeño Adán se sentó en su cama, esperando que su madre le explicase la caótica tarde, en su vasta imaginación Adán estaba seguro de que tal agitación solo podía ser explicada por la llegada de un hermano, ese hermano menor que tanto su padre y su madre le prometieron. Así que Adán tomo la ropa que su mama le ponía siempre los domingos para ir a misa, pues que mejor ocasión para vestir bien que la llegada de un nuevo miembro de la familia, tomo su traje, su camisa y sus zapatos y se vistió tan rápido como pudo, se sentó en el filo de cama esperando a que su madre entrara con su nuevo hermano, un regalo de Dios. Su madre solía decirle a Adán que los hijos eran eso, regalos de Dios. El tiempo paso y la paciencia no era una de las cualidades de Adán, abrió la puerta, solo un poco para que le permitiera mirar lo que sucedía afuera de su cuarto. Su madre desquiciada, su tío atrás de ella y solo llego a escuchar una escueta conversación:

- Ya vienen en camino
- ¡Dios mío! ¿Qué vamos a hacer?
- Vete a vestir, no te pueden encontrar en estas fachas

Adán observo a su madre dirigirse a su cuarto, mientras su tío saco una pequeña anforita y se dirigió al baño. Adán aprovecho la ocasión para escurrirse de la vista guardiana de su madre y del hermano de ella. El pensamiento de su padre chispo de inmediato en su cabeza.

- Seguramente está trabajando y nadie le ha avisado de la llegada de un nuevo miembro de la familia.

Adán sabía que su padre le tenía prohibido acercarse al sótano donde trabajaba con los muertos, y estaba claro que aprendió la lección aquel día que su padre lo sorprendió quitando el pestillo de seguridad de la puerta de la entrada del crematorio. Pues fue reprendido con severas series de bofetadas y cinturonazos en el trasero. Así que sabia cuan enojado podría poner a su padre; pero la llegada de su hermano, estaba próxima, estaba seguro, que de la misma forma como había llegado el a su hogar – a través del espíritu santo como un regalo de Dios - llegaría su hermano.

Bajo poco a poco los escalones que daban hacia el sótano, hasta que llego frente a esa puerta blanca, se puso de puntitas y alcanzo ese prohibido pestillo, lo alzo y quito. Tomo con sus pequeñas manos la perilla, dio vuelta y entro. Al mismo instante de cerrar poco a poco la puerta escucho la voz de su madre a lo lejos:

- Adán, mi amor ven, tengo algo que decirte

Las luces estaban encendidas, pero no alcanzaba a ver a su padre:

- ¿Papi? ¿Papa? Discúlpame por favor que haya entrado pero mi mama tiene buenas noticias. ¿Papa?

En ese momento Adán vislumbro una pierna detrás del carro de servicio. Dio vuelta sobre el carrito y ahí tuvo su encuentro más íntimo con su padre, ahí recostado, frio, morado, con la quijada abierta, el brazo en el pecho y rígido.

Adán no se inmuto, solo se limito a observar, a oler y sentir, examino el cuerpo de su padre a detalle. Trato de cerrar su quijada pero estaba demasiado dura para cerrarla, acerco su nariz a sus ojos, saco su lengua, introdujo, lamio y saboreo el globo ocular. Adán no se disgusto con el sabor, siguió lamiendo su cara, sintió y probo el frio sabor de la muerte. Adán se recostó al lado de Abel y lo abrazo. Adán sabía que no volvería a ver a su padre jamás; así que quiso pasar su último momento con su padre.

- ¡Adán! ¿Qué haces? ¡No! – Mientras corría hacia su hijo, le dio una bofetada y lo levanto sobre su hombro –

Adán vio como se alejaba de su padre, sin escuchar toda la letanía que su madre escupia. Adam callo y salió en brazos de su madre sin que ella supiera que en la muerte había tenido la experiencia más amorosa con su padre. Ah justo en ese momento fue donde Adán se enamoro de la muerte.

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