domingo, 26 de abril de 2009

De la bebida y las mujeres

Un hombre que pide doble –doble tequila, doble ron, doble whisky – alardea. Es como una mujer que se sienta en la barra y cierra las piernas, moja su dedo en la bebida y lo chupa a la vista de todos. Lo más recomendable es sentarse lejos de ese hombre. Siempre es preferible beber al paso de las hormigas, porque en realidad no hay prisa – la prisa se acaba cuando entras en la puerta del vaivén – sea como sea la muerte llegara inexorable cuando corresponda. No siempre llega antes cuando se la apresura. Quien bebe doble quiere llamar la atención, por el simple hecho de que bebe doble, está diciendo “mírenme” de algún modo soy superior. Una copa servida en exceso es desagradable, es como cuando se escucha música de cámara a todas horas. Quien bebe doble no sabe de mesuras. Por lo mismo los meseros se deshacen por atenderlo. Ni aun trayendo mucho dolor en el pecho se justifica, porque el dolor se acaba antes. El que bebe doble no ha aprendido a disfrutar el dolor. Y cuántos de estos hombres se quedan dormidos, que miran fijamente su trago y empiezan a cabecear. No hay necesidad de atisbar su alma para saber que les está pasando. Que los tortura. Es tan claro como si estuvieran parados en un charco de tristeza. Lo peor de todo es que al llegar a casa no tendrán la fuerza de reclamar a su mujer el abandono, la indiferencia, la impiedad. El sarcasmo cuando no la traición, son hombres que llevan sobre sus hombros el peso de todos aquellos que no ven o al menos fingen no ver. Estos hombres que la gente califica como simples borrachos saben que no hay remedio, que la humanidad siempre ha sido la misma. Alguna vez confiaron en una mujer y como no. Así fueron educados. A crecer en medio de la fidelidad de una mujer y las noches impensables de un hombre, con una mujer respirando muy cerca de ellos, mientras ella duerme como una niña, su niña. Con ese recuerdo en la cabeza se quedan dormidos, con esos ojos de pureza y virtud se quedan dormidos. Creen en la palabra amor, sienten ese dolor que no ha aprendido a disfrutar, el dolor del enamoramiento, ese arrojo caro a los altos de los espíritus.

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