jueves, 9 de abril de 2009

Una máquina de Dios fuera de tiempo (VII)

- Humberto, mi amor. Despiértate ven, mira lo que te trajeron los reyes magos
Humberto bajo de la mano de su madre, las escaleras que conducían de su cuarto a la sala, el olor a pino emanado del árbol de navidad fue lo que despabilo por completo; para él las 8 de la mañana era demasiado temprano.
- ¡Mira, que padre están estos juguetes!
Humberto se despertó por completo al ver el set de Lego que estaba debajo del árbol, miles de piezas para armar lo que él quisiera. Inmediatamente el rito de despedazar la envoltura de plástico empezó, así como a desparramar en el piso todas las piezas, simplemente quería verlas una por una.
Humberto completamente emocionado, empezó a armar todo lo que se imaginaba, construyo una nave intergaláctica, un helicóptero, un edificio, así hasta que se pregunto qué tan alto se podía construir con esos diminutos cubos que se ensamblaban tan fácil unos con otros. Puso manos en marcha a su ambicioso proyecto. Cuando la estructura rebaso su estatura, Humberto se vio obligado a subirse al sillón, después a apilar todos los cojines para poder seguir a la par con la altura de su estructura, esa pila de cojines siguió apilada solo que ahora en el brazo del sillón, Humberto estaba a muy poco de llegar a la cima, que para él era el techo de la casa, observo como su tambaleante estructura seguía en pie, dio un brinco para alcanzar las últimas piezas para ensamblarlas cuando su proyecto se colapso en una lluvia de piezas regadas por la sala.
En ese instante, el ruido de la cerradura de la puerta principal solo significaba algo: Gregorio, su padre estaba llegando a casa y no precisamente del trabajo. Su afición al alcohol la llevaba al extremo, a desaparecer por días, para regresar apestando a una combinación entre perfume barato, sudor, vomito y ron.
Paula salió corriendo de la cocina hacia la puerta, fue testigo del estado de su marido: Camisa desabotonada, medio fajada, el cinturón abierto, sin zapatos, despeinado, los ojos a medio abrir y una estúpida sonrisa a medio terminar – su sello característico de su ebriedad –
- Por favor, Gregorio no hagas ninguna escena que el niño apenas abrió sus regalos
- ¡A mí, no me digas que hacer! ¿Me oíste? ¡Haber! ¿Quien pago por los chingados regalos del escuincle? ¡¿Quién?!
- Ya sé que fuiste tú; pero no es bueno que el niño te vea así
- ¿Así como? El me debe querer como lo que soy: su padre. Ahora lárgate a la cocina que sabes que me encabrona desayunar tarde. Mientras yo voy a miar
En el paso descompuesto de Gregorio este piso unas de las piezas del regalo de Humberto
- ¡Puta madre! ¡Quita estas porquerías de aquí! ¿Me oíste?
- Humberto solo asintió con la cabeza
Humberto se limito a juntar todas las figuras en solo lugar, pues su mente seguía empecinada en construir la estructura que minutos antes había colapsado. Así que volvió a empezar.
- Humberto, ven a sentarte papá que ya va a estar el desayuno
- Si mami, voy
Gregorio salió del baño, agregando un nuevo olor a su exquisita combinación: los orines de su pantalón. Se quiso sentar, pero antes de poderlo hacer, vio en el rincón una pila de piezas de colores que hicieron su rostro desaliñado enrojecer
- ¡Te dije cabron que quitaras eras porquerías!
Antes de que Humberto cubierto en miedo pudiera voltear este ya había sentido el calor de la bofetada que su padre le había propinado con el dorso de su mano. Le volteo su frágil cara solo para exponer la otra mejilla al segundo ataque de su padre. Humberto cayó hacia atrás y sus lágrimas explotaron de inmediato, escurriendo por sus mejillas hasta encontrarse con la sangre que salía de su nariz diluyendo al líquido carmesí.
- ¡No llores, porque te reviento otras dos! ¡Porque yo no tuve putos como hijos! ¡Entendido!
- Si . . . pa . . .pa – Tartamudeaba Humberto –
De dos golpes y bajo la silenciosa complicidad de su madre, Humberto a sus tiernos cinco años de edad le fue arrancado una porción de inocencia y autoestima, que jamás iba a poder recuperar. La semilla del dolor había sido sembrada, el dolor de su primer recuerdo.

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