
Existen personajes que pulula por los corporativos contemporáneos, un chamaco caguengue que quiere comerse a puños y que no le importa llevarse entre las patas a lo que sea con tal de escribirse en la frente la palabra É X I T O, con todas las connotaciones que quieran agregarle. Quien ha vivido esa vida corporativa, o esa quimera corporativa, ha sentido el sabor y la tentación de convertirse en eso, de sentirse de pie en la cima del mundo y gritar por teléfono “No hay nadie mejor que yo”. Quizá sea una buena manera de motivarse, pero no es una buena manera de andar por la vida. Porque esos tip@s en el fondo son piltrafas emocionales que le hablan mal a los meseros, a su secretaria y a su novia, y quizá tienen un padre sexagenario con un Gran Torino estacionado en la cochera pero lo tiran de viejo loco y pendejo. No está chingón ser asi, los que se comportan asi en el ámbito de este mundo terminan solos. Ya saben, no construyeron amores ni buenas historias que recordar, sólo tienen clientes. Estar solo es un asco, pero aprendes a estarlo “Lo que me nutre, me destruye”. Sobre todo cuando pasas, por ejemplo, un domingo solo y en realidad quieres estar con alguien, pero no hay nadie a la mano. Por eso, cuando dejas de ver un tiempo, aunque sea unas horas, a la gente que te quiere y la vuelves a ver, la primera sensación es completamente ensimismada pero genuina: “¡no estoy solo!”. Por eso hay quienes aman verse recogidos por su familia en el aeropuerto luego de un vuelo de ocho horas. Por eso los amigos queridos se dan abrazos. Hay gente que nunca tiene hijos y no los necesita. Hay gente que nunca tiene suerte con el sexo opuesto, y quizá no lo necesita o al menos al final aprende a vivir con eso. Quizas solo he aprendido a repudiar pero no a amar; y me aprendido a vivir con eso.
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