miércoles, 13 de mayo de 2009

La derrota es mía (I)

La derrota es mía. A veces me espanta arrastrar en esta carroza fúnebre a algún incauto que se deje seducir por mi pesimismo. Sería lo peor que pudiera pasarle, y lo peor a un derrotado como yo: Ser ejemplo. Se acaricia a un perro en agonía, no porque está en agonía sino por ser perro; pero no a un hombre derrotado. No hay mujer que se conduela de un derrotado, que le abra las piernas. Derrota y triunfo no pueden separarse, cada vez que un hombre triunfa otro fracasa, así es la vida y preguntate con quien se van las mujeres – en las que por cierto la derrota no cuenta, la mujer no compite, aunque de la sensación de que este compitiendo todo el tiempo, y no compite porque no resistiría la derrota, en virtud de que es única, es decir vive en su paraíso de triunfo.

Los derrotados suelen evocar con tristeza, cuando no con amargura, personas, lugares, momento de felicidad inequívoca o será de triunfo. Deberían de estar agradecidos de la derrota, se han quitado un peso de encima, el peor que le puede acontecer a un hombre: crear expectativas. Así el dolor busca una cicatriz por donde supurar. No hay que darle muchas vueltas, el cuerpo del derrotado es una cicatriz desde la punta del pelo al dedo pequeño del pie izquierdo. Basta verlo caminar, sentarse o pedir la cuenta, de ahí que la gente lo eluda, aun en el transporte público. Durante la derrota, ya sea la más atroz o, en la apariencia menos dañina – pues todas las derrotas terminan encaminando a ese hombre al conocimiento de sí mismo, que es decir a ser incomplaciente, a destruir los espejos donde se mira reflejado – en una derrota las circunstancias obligan a un hombre a dar lo mejor de sí, como una cucaracha a punto de ser aplastada, que se vuelve a mirar a Dios. De ahí cuando un hombre vive su decadencia se vuelve más agudo, perspicaz, irónico. La realidad se le revela en su dimensión más profunda – siempre, siempre hacia abajo – Es decir, este hombre se percata de que siempre ha estado solo.

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