Tarde lluviosa de marzo, aquellos días antes del inicio de la primavera que después del frio, viene la lluvia para que el calor del sol entrante de primavera la evapore. Adán esperando en la salida de la escuela a su madre fue sorprendido por su tío.
- Me dijo tu mama que viniera por ti, despídete de tus amigos y súbete al carro
- ¿Qué paso, tío?
- Nada eso te lo dirá después tu mami, no hagas preguntas ¿está bien?
- Me dijo tu mama que viniera por ti, despídete de tus amigos y súbete al carro
- ¿Qué paso, tío?
- Nada eso te lo dirá después tu mami, no hagas preguntas ¿está bien?
Adán asintió con la cabeza, se subió al carro y todo el trayecto no hizo un solo sonido. El camino se le hizo largo y angustiante, el rostro de su tío mostraba que algo había pasado; solo esperaba ver a su madre. Al llegar, la casa estaba rodeada de varias personas que Adán desconocía, su tío toco el claxon para que abrieran paso al Renault que venía manejando. Entraron, Adán inmediatamente busco a su mama, se encontraron en un abrazo de tal magnitud que Adán jamás había recordado en su corta memoria haber recibido.
- Vete a tu cuarto y no salgas de ahí. ¿Me entendiste?
- ¿Y mi papá?
- No hagas preguntas, tu papi está ocupado en este instante
- Pues por favor mami, déjame ayudarle siempre he querido entrar al crematorio
- Sube a tu cuarto ¡ahora!
Abel Serrano había sido de los primeros habitantes en la zona, toda su vida había trabajado con muertos, ya sea como sepulturero o como hacía desde hace unos años atrás había puesto un negocio de cremación, el mismo construyo el horno con ladrillos y con el tiempo se volvió un experto en la materia. El negocio prospero a los habitantes de las colonias aledañas les era mas cómodo incinerar los restos de sus seres queridos, que pagar por todo un entierro. Gracias a eso Abel pudo hacerse de una casa, siendo el crematorio los cimientos de esta. Abel conoció a Eva su vecina de enfrente justo el día de su mudanza. Su interés por ella siempre fue muy puro y ambos coincidieron en sus fuertes raíces católicas. La acompañaba a misa todos los domingos, el tiempo transcurrió y a los 4 meses de novios, el fue a pedir su mano. Se casaron bajo las leyes de Dios y fue en la noche de bodas cuando ambos probaron el placer ajeno. La culpa era un ingrediente principal en su matrimonio pues Eva no salía embarazada; el sexo era algo vergonzoso para ambos pues lo disfrutaban; pero no debían.
Al año de casados recibieron la bendición de su primogénito, al que no dudaron en llamarlo Adán en memoria del abuelo de Eva, el pilar de la buena moral que su familia tanto presumía. Abel siempre fue un padre amoroso; no quería la misma vida para su hijo que la suya. No quería que su hijo se acercara a su trabajo, no quería rodearlo de la muerte, pero sobre todo no quería que su hijo viviera con la maldita culpa que por sus estúpidas creencias había tenido por siempre. Así que siempre que podía desde el nacimiento de Adán evitaba conversaciones que llevaran a respuestas que “solo Dios tenia”. Todo dio un giro ese 1987 cuando el golpe mortal llego al pecho de Abel. Ahora casi cinco años de esa definitiva decisión Abel Serrano yacía recostado sobre el horno, frio, rígido, esperando a ser encontrado. Su alma ya estaba con el Dios que tanto le habían contado.
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