domingo, 18 de enero de 2009

Una maquina de Dios fuera de tiempo (III)

- Te amo, pero no eres real
- Soy real, si tú quieres que así lo sea
- No, no lo eres solo eres algo que necesito y no existe –Exclamo, de una forma brutal, que casi terminó sin aliento-
- No quiero que te vayas. Te necesito tanto
- ¿Tu no crees que yo también te necesito? Pero yo fui el creador de tu necesidad por mí, al igual que cree tu imagen y todo lo demás. ¡Porque no existes, yo te invente!
- Pero yo. . .
- Tú crees que no faltan tus ojos y con ellos tu mirada dulce, tus labios. Que me digan que todo estará bien. Yo se que eres una mentira, eres intangible; pero necesito tu imagen para no consumirme en mi locura y es que es esa profundidad en tu mirar lo que me impide renunciar a mi vida. Tu ausencia duele todos los días y ese dolor solo lo mitiga el imaginar tus brazos sobre mí.
- Esto no puede ser. . .
- ¡Cállate, por favor no sigas más! – interrumpió a su reflejo – ¿No lo entiendes? ¡Estoy loco! ¡Soy un sicópata, un demente una mierda más en este espacio sin sentido, que es la vida! ¡Estoy hablando conmigo en mi propio sueño! El corazón latía tan fuerte que podía verlo a través de su playera, Humberto despertó súbitamente de ese último sueño, su último sueño del otoño, con un sabor amargo y olor fétido en la boca. Sus ojos muestran el desgaste del tiempo, la autentica representación de una broma de Dios. Trató de hablar; pero las palabras no salían, todo le parecía tan lento y tan tranquilo. Tomo su cara con las dos manos tratando de despabilarse ya pasaban mas de las diez, cuando volteo a ver su brazo, la jeringa todavía estaba incrustada en el.
- ¡Carajo, otra vez ella! Poco a poco se fue levantando de su cama, su pie tropezó con una botella de vodka casi de terminar, volteo a su derecha y tomo del buro un par de pastillas. La botella ahora estaba vacía. Esta es la vida que Humberto llevaba en secreto por más de tres años.
- ¡Puta madre, ya no tengo cigarros!


Como todas las mañanas su rutina consistía en bañarse con agua muy fría – los piquetes le empezaban a provocar moretones en su piel que ya eran más que visibles – vestirse lo más formal que podía y desayunar unas donas con refresco de cola. Al llegar al trabajo, no dijo ni una sola palabra solo se sentó y prendió su computadora – había llegado más de dos horas tarde –
- Buenas noches
- Hola, disculpe que llegue tarde, pero había mucho trafico
- No hay excusas, cuando te contrataron específicamente, mencione que necesitaba alguien que realmente necesitara un trabajo.

Ella era Sonia su jefa, obesa, cabello corto y cara de pocos amigos – realmente había sido abandonada por su marido dejándola con su hija de 13 años, y habían ya pasado más de 7 años desde que alguien la había besado – Humberto y Sonia tenían solo dos cosas en común: odiaban su trabajo y se odiaban uno al otro.

Como todas las tardes después de su rutina laboral, Humberto tomaba el transporte colectivo regreso a casa, no sin antes avisarle a su novia – si así se le podía llamar – para avisarle que ya había salido y que iba rumbo a su casa.

- ¿Bueno?
- Ya salí.
- Qué bueno
- ¿Qué pasa porque se oyen tantas risas?
- Nada mis compañeros que están jugando
- Parece que te estás pasando un buen rato
- ¡Ya vas a empezar!
- ¿a qué?
- A decir que soy un puta
- Yo no dije eso
- Pero lo crees, que es lo peor
- En serio, chaparrita, haz lo que quieras
- No, ahora vienes por mi
- No la verdad estoy muy cansado

Realmente a él ya no le importaba el hecho de que estuviera con otra persona, le molestaba el hecho de que quisieran hacerle creer algo que no era, eso era lo que odiaba de todos. Que trataran de hacerle creer mentiras. Pero su cobardía lo obligaba a callar, el dinero que ella le proporcionaba todas las quincenas era vital para su sobrevivencia.

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