domingo, 18 de enero de 2009

Una máquina de Dios fuera de tiempo (IV)

Al llegar a su casa repetía el ritual que había desarrollado sin conciencia, se encerraba en su cuarto, obviando los gritos de su demente madre, se desvestía, tomaba dos pastillas las cuales se pasaba con un trago de escocés, prendía su computadora y bajaba pornografía. Humberto no tenía ningún problema con la pornografía, de hecho le fascinaba a niveles superlativos al hecho de ver copular a dos personas, tenia siempre en la mente que las mujeres y hombres que laboraban en esta industria eran gente de mucho respeto, - no es fácil desnudarse y coger con 20 tipos con cámara y micrófonos – Pero le llamaban en sobremanera la atención las mujeres, para el eran como deidades de la feminidad: uñas largas y arregladas, depiladas, con un buen gusto en moda y maquillaje, la piel tersa como la seda, el pelo teñido y arreglado; pero lo que más admiraba era su actitud, esa actitud fuera de tabúes, de buscar lo que quieren y obtenerlo. En pocas palabras su actitud de deseo, hedonistas por naturaleza.

Después de masturbarse y tirar el papel mojado de semen, sacaba debajo de su cama una jeringa, un frasco, una cuchara y un encendedor. Ponía el polvo en la cuchara, agregaba un poco de agua, calentaba la cuchara, con la jeringa absorbía ese líquido burbujeante, se amarraba el cinturón en el antebrazo, esperaba que la vena estuviera en su punto y se pinchaba. Sus pupilas se dilataban al instante, ese calor llegaba de nuevo sonreía y lloraba al mismo tiempo:

- Hoy me hice daño, para ver si todavía siento, trato de enfocarme en el dolor, la única cosa que es real, la aguja hace un orificio trato de matar todo; pero aun recuerdo todo. ¿En qué me he convertido mi dulce amigo? Cada persona que conozco al final se ha ido, cualquiera pudo tener mi trono de suciedad, pero siempre los he defraudado, estoy lleno de pensamientos que no puedo reparar, bajo las manchas del tiempo ese sentimiento desaparece cuando pienso que soy alguien más, aun estoy aquí.

Estos oscuros y fríos pensamientos son interrumpidos por el sonar de su teléfono que irónicamente tiene el himno a la alegría como timbre

- Ya llegue a mi casa
- Muy bien
- Bueno te dejo, te oyes cansado
- Solo un poco – Al final siempre sabía como ocultar su voz desorientada –
- Nos hablamos mañana
- Ok
- Besos
- Bye

Humberto dejo el teléfono a un lado, tomo una posición fetal, una lágrima rodo por su mejilla, mientras el rezaba un mantra: ¡En que me he convertido! ¿En qué?

Los días de la semana transcurrían exactamente igual para Humberto, aun los sábados que veía a Alma, la mujer que proféticamente había declarado como la mujer de su vida. Durante mucho tiempo atrás siempre se veían en casa de ella; pero ahora que la madre de Humberto no estaba – pues trabajaba todos los sábados – era de acuerdo a su visión el mejor lugar para tener un poco de privacidad gratuita.

Como perro que no aprende la lección, Humberto seguía esperando aquello que nunca sucedió: Que ella se abalanzara a sus brazos, lo besara como si no hubiera mañana y lo despojara de sus ropas, mientras ella se desnudaba para él. Solo en sus sueños sucedía, generalmente pasaban el sábado viendo películas que Humberto escogía para compartir con ella su pasión por las películas.

- ¿Qué quieres hacer amor?
- Pues vemos una peli
- Ya escogí una que te va a fascinar
- ¿Cuál?
- Hable con ella, de Pedro Almodóvar
- Pues ponla
- Ok – decía él con voz decepcionada –

Hable con ella, era una de las películas más influyentes en la vida de Humberto, pues le parecía que Almodóvar deshilvanaba la mente masculina con gran fuerza y sin complacencias, retrataba al hombre enamorado, que generalmente se vuelve dócil y acepta lo que sea por un pedazo de amor. Pero había una sola escena en todo el cine que podía remover una lágrima de Humberto y esa escena estaba en esa película:

“Ese caetano, me ha puesto los pelos de punta” “no fue la primera vez que tuve que sacar a un bicho así, ella también le temía a la serpientes como tú, una vez estando en África ella se encontró con una en la casa de campaña, y salió corriendo, verla así, desnuda y frágil, me ha traído muchos recuerdos” “Como odio a esa mujer, ¿Qué puedo hacer para que la olvides?” –Mientras ella lo abraza por la espalda- “Justamente lo que estás haciendo ahora” – ella lo besa con amor y pasión –

El esperaba a alguien que hiciera olvidar a Alma, eso era lo que realmente pasaba cada vez que pasaba sus manos por encima de la cintura de ella. Esas caderas y su perfume hacían una combinación muy difícil de resistir, así que tanto el como ella sabían que tendrían sexo, un sexo sucio.

El sexo se había convertido más que memorias en sucias esperanzas, el trataba de resistirse al deseo y por lo tanto a su erección. Pero un impulso que rebasaba la ansiedad lo obligaba a voltearla besarla, ella, cómodamente recibía los besos las caricias y solo se dejaba llevar, mientras él, la desnudaba con admiración y coraje al mismo tiempo, esa brevedad de sus senos se le hacía irresistible, besaba y lamia cada parte de su cuerpo cual chocolate blanco. Descubría su pubis recién rasurado, liso. El adoraba pasear su lengua por su apertura - esta apertura en medio de tus piernas será mi perdición – pensaba Humberto , y cuando no podía más la penetraba, jamás ella pidió ser penetrada, igual como jamás lo pidió a él. Humberto se aferraba a pensar que si al menos ella no lo amaba y deseaba como él a ella, nadie, nadie en este puto planeta la iba a coger como él, y él lo demostraba con cada penetración, con cada ritmo, cada orgasmo. Agarraba sus nalgas como si de ello dependiera su vida, y posiblemente así era.

Después de una placentera eyaculación, Humberto encontraba su etapa reflexiva en su punto máximo, la cual aprovechaba mientras ella corría con todo y ropa al sanitario. Estaba sentando al borde de la cama, en ese lado oscuro que jamás podrá olvidar, y reconoció todo el tiempo que jamás iba a recuperar; pues era una historia más de fe perdida, ella pidió ser amada y él lo hizo, trago sus emociones por un compromiso adquirido, sabía que su otro yo estaba muriendo con cada eyaculación dentro de ella, sabía que no podría renacer en ella, pero sobre todo que jamás sobreviviría a memorias muertas como estas, memorias muertas en su corazón.

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