Alma salió del baño, vio el reloj y exclamo – no jodas ya son más de las 6, ya me voy – Tomo su bolso, se arreglo el pelo para ocultar un poco el torbellino que había experimentado minutos atrás, la acompaño a la puerta y le dio un beso de despedida. A Humberto ya no le importaba si salía a acompañarla hasta la puerta de su carro como en aquellos días de enamorado, cuando la dejaba en la puerta de su casa para después regresarse a su casa en transporte público – una hora y media le tomaba regresar – ahora ya no. Simplemente se despedía y seguía el curso de su miserable existencia. Alma odiaba manejar, pero no el acto de manejar, sino el manejar y esquivar la estampida moderna de autos, la hacían reflexionar, pensar; pero nunca recapacitar, ella supo que Humberto era lo que necesitaba en ese momento, mas no lo que amaba, para ella en sus sueños era una santa, una especia de Maria moderna, que era impávida al dolor ajeno. Ella estaba consciente que Humberto la había hecho sentir como el sol, que todo giraba alrededor de ella y eso le gustaba, aunque cuando se sinceraba sabía que era más parecida a Dios, era estática e inmóvil ante todo. No le quedaba mucho amor por dar – lo poco que tenia se lo daba a su perro, a esa enfermiza relación que había construido hacia aquella criatura – se sentía vacía por dentro, estaba a un minuto de su decadencia. El jugo de sus ojos empezaban a escurrir de sus mejillas mientras ella se repetía a si misma que ella no lloraba, que no debía llorar, ese mismo orgullo que la empujaba cada día mas cerca del precipicio, porque el odio que sentía consumió todo lo demás. Se sabía y sentía muerta, una muerta viviente, aunque ella predicaba ser una mártir, solo moría por sí misma, por buscar la compasión ajena.
Pero Alma no siempre fue así, conoció a Humberto en el bachillerato, en ese entonces Humberto era un extraño para cada uno de los estudiantes de la escuela, era simple y sencillamente indiferente. Alma a su vez era una niña que irradiaba tal inocencia que rayaba en lo banal, tenía un grupo de amigas y amigos muy similar a su estilo, entes que obedecían cada una de las instrucciones recibidas, pero que a la vez entraban dentro del grupo de los amigables. Esa clase de grupo que es amigos de todos y sus enemistades siempre empezaban por estupideces de pubertos sin destino. Todo era reflejo de la su infancia, siendo huérfana a muy temprana edad la dejo marcada de por vida, - siempre le hicieron creer que su padre en vida había sido un tipo ejemplar, cuando más adelante descubrió todo lo contrario- el hecho de que su madre saliera todos los días desde muy temprano a buscar el sustento para tres hijos, hizo que ella estuvieran desprotegidos ante su propia familia, la cual al ser numerosa hacia que recibiera todo tipo de instrucciones para criar a la niña perfecta. Y eso era algo que Alma odiaba que le impusieran cosas, que siempre le dijeran lo errónea que estaba, poco a poco empezó a desarrollar un orgullo, ese mismo que años después sin que lo supiera la estaba llevando a la decadencia. La única relación fuerte que tuvo en su infancia fue con su abuelo, quien ella misma lo describía como un ser ejemplar adelantado a su tiempo, pues al tener mayoría de hijas se volvió sensible a la psiquis fémina y apoyarlas hasta el último aliento que tuvo, el cual fue hasta los 9 años de Alma. Ya en la adolescencia Alma se sentía sola, lo que provocaba que tratara a todos como insectos, sabía que su atractivo era grande y había encontrado la manera de ocultar sus inseguridades; pero todo cambio una tarde cuando saliendo de la escuela sintió unas pasos atrás de ella, paralizada lo único que realizo por instinto era aumentar el ritmo de paso, el sudor bajaba por su espalda, estaba frio producto de la adrenalina causada por el miedo. Cuando al momento de doblar la esquina sintió una mano que jalaba su pelo, así como un golpe en el estomago, estaba en el suelo revolcándose del dolor de semejante golpe; pero nada, nada se comparaba con el miedo, ese miedo solo se siente una vez en la vida, miedo provocado por un animal de cuarenta y tantos años, manoseándola, lamiéndola, rompiendo su informe escolar y también su dignidad.
- ¡déjeme por favor! – gritaba con toda la fuerza de sus pulmones –
- ¡ayuda, ayuda!
El animal no pronunciaba palabra alguna, solo seguía tocándola y recorriendo su lengua. La tenia inmovilizada completamente a su merced, todo en plena vía publica. Hasta que sus gritos tuvieron respuesta.
- ¡Hijo de puta!
- Carlos, Miguel ¡vengan ya!
- ¡Suéltala animal!
Los tres hombres después de mucho esfuerzo contuvieron a bestia y le propinaron tal recital de golpes que esta tuvo que huir hacia las penumbras donde los tres hombres jamás pudieron alcanzarlo.
- ¿estas bien?
- ¿Cómo te llamas?
Alma no podía juntar dos palabras, solo asintió y señalo donde estaba su casa, sintió una vergüenza inmensa, se sentía sucia, culpable, culpaba a su belleza. Pidió a los hombres no hacer alboroto alguno, lo cual fue un alivio para los tres porque no deseaban involucrarse más allá de lo sucedido esa noche.
- ¿Pero no te paso nada, verdad?
- No, no solo me golpeo, pero no paso a mayoresAlma entro corriendo a su cuarto, sintiéndose culpable, después de esa tarde una parte de ella se había quedado con aquel Animal
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